Un visitador, por Lila Gianelloni


Mi abuela dijo que faltaba poco para llegar al hotel. Yo me puse contenta y me acosté en el asiento. Entonces mi abuelo me preguntó si había hecho toda la tarea de vacaciones. Le dije que sí, pero no la había terminado porque cuando empecé a marcar con rojo los números impares, vino el visitador. Mi abuela se había ido a la ciudad a comprar las cosas para el viaje. Yo no pude ir con ella porque tenía que hacer la tarea. Por eso después de comer me puse con el cuaderno en el vestíbulo largo. Cuando Berta terminó de lavar los platos, se sacó el delantal y dijo que se iba hasta su casa a buscar una guadaña porque quería cortar unas ortigas que pinchaban cuando tendían la ropa. Mi abuelo le dijo que vaya tranquila, pero ni bien se fue, lo vinieron a buscar de la casa del señor Coler, que lo llamaba a cada rato y también a la noche cuando ya estábamos todos en la cama. Antes de irse, mi abuelo me hizo cerrar la puerta con pasador y dijo: no le abras a nadie. Se subió a la chata de Coler y se fue.

Yo seguí con la tarea. Por las ventanas veía en el jardín las palmeras, la fuente que larga agua y mi hamaca. Le saqué punta a los lápices de colores y cuando los estaba acomodando en la cartuchera tocaron el timbre. No tenía que abrir. Pero me gusta atender la puerta. Conozco a todos los enfermos y ellos me conocen a mí. Otra vez tocaron el timbre. Seguro que era la señora Suferei, porque ella viene a la tarde. Una vez se cayó del caballo y mi abuelo le hizo un yeso. Pero es mansito el caballo, yo salgo a verlo cuando viene. Tres veces tocaron el timbre. A lo mejor era una urgencia. Un bebé que está por nacer, o un accidentado. Por eso tuve que ir a ver. Al señor que tocó el timbre no lo había visto nunca, pero tenía puesto un traje: entonces era un visitador. Siempre vienen visitadores y dejan cantidades de remedios que traen en una valija. Este no traía nada en la mano; era alto y flaco. Mi abuelo se pone traje solamente para ir a la ciudad, o a misa, o cuando vamos a una fiesta. El visitador se quedó mirándome, y como no me decía nada yo le dije que el doctor había salido a ver a un señor que estaba enfermo. Él dijo que no tenía apuro, entró y se sentó en un sillón de la sala de espera, con las manos en las rodillas. El visitador tenía un poco de barro en los zapatos. Yo cerré la puerta que da al consultorio y la otra, del otro lado, que da al vestíbulo redondo donde está el piano. Después le señalé con el dedo las revistas que mi abuela pone abajo de la mesita. Él movió la cabeza como diciéndome gracias. Tenía dientes grandes, como los conejos. Yo me fui a terminar la tarea. Los visitadores no están enfermos, vienen a charlar con mi abuelo, en auto, desde la ciudad. Yo no encontraba la goma de borrar y la estaba buscando en el suelo cuando escuché una canción. Alguien tocaba el piano. Fui a ver. En la sala de espera no había nadie. La canción se escuchaba más fuerte. Crucé la sala en puntas de pie y me asomé al vestíbulo redondo. El visitador estaba sentado en el banquito que gira, tocando una canción que era bastante linda. Me quedé parada en la puerta escuchando. Tocó la misma canción cuatro veces. No se escuchaban ruidos, solamente la canción del visitador. Al final hizo sonar todas las teclas de corrido y cerró la tapa del piano. Yo me quedé quieta, apretando el lápiz. Se paró, cruzó la sala de espera y pasó por adelante mío cantando. Se fue y dejó la puerta abierta.

Fredeyaques. Fredeyaques, dorme vu, dorme vu…

Se ve que yo estaba cantando fuerte, acostada en el asiento del auto, porque mi abuelo se dio vuelta y me miró, entonces me callé. Me preguntó quién me había enseñado esa canción. Yo me senté bien, me acomodé la pollera y me quedé pensando un ratito.

—La aprendí en la escuela —le dije y abrí la ventanilla para sacar la cabeza y gritar de contenta que habíamos llegado al hotel.


Lila Gianelloni

Nació en Rosario. En 2010 recibió una mención del Fondo Nacional de las Artes en Cuento por La madre oscuridad y en 2016 la recibió por Mapamundi, editado en 2018 por Paisanita Ed. En 2019, Libros Silvestres publicó Lobo, cuento ilustrado por Cris Rosenberg y que integra el grupo de libros recomendados por el Plan Nacional de Lectura. Participó del libro Diccionario de las cosas que nos gustan, de Editorial Libros Silvestres.  En 2019 obtuvo una beca de creación del FNA por el proyecto titulado La luz del sol no sabe lo que hace. Cursó la Diplomatura en Escritura creativa en la Untref. En octubre de 2022 publicó Camino a casa, libro de cuentos, editorial Obloshka; Palafitos es un poemario, proyecto por el que recibió una beca de creación FNA 2022. En estos días presentará Llueve sobre el Tambopata, editado por ōmachi. Lleva adelante talleres y clínicas de obra de narrativa breve. Forma parte de la creación y producción del ciclo Un lugar limpio y bien iluminado. Publica cuentos y poemas en revistas, periódicos, etc.