A partir de dos preguntas de Sol Batista y Nahuel Krauss, Santiago Ragonesi se explaya acerca de la segregación y las pasiones en el lazo social y en el lazo entre analistas. Además reflexiona acerca del estado del discurso en nuestros días. También se refiere a la particularidad del castellano del Río de la Plata en la practica del psicoanálisis. Y plantea algunas preguntas fundamentales sobre la formación de los analistas y sobre el análisis laico.

No sobran los analistas que se hayan detenido de un modo riguroso en el lazo fraterno. En tu libro Hermanos: celos, culpa y trauma, lo abordaste a partir de los celos, la culpa y el trauma. Sin embargo, se desprende de ahí la pregunta de si hay posibilidad de un lazo social que no implique la segregación. ¿Cómo pensás este problema años después de esa publicación?
Cuando escribo algo lo borro, como diría Borges, y no tengo porqué estar de acuerdo con lo que dije en aquel momento, sin embargo la pregunta permite retomar algunas ideas. Pasaron diez años de la escritura de ese libro y el contexto social es otro, pero aún así diría que resulta inviable pensar un lazo social por fuera de la segregación. Ahora bien, no es lo mismo el lugar que ocupa aquello que es segregado ―segregado de uno mismo―, si es colocado en el enemigo externo o en el enemigo interno, si es utilizado con crueldad o de otro modo. Los destinos son variables y los efectos también.
No es fácil reconocer que estamos habitados por pasiones, que la envidia nos constituye en lo más íntimo y por eso mismo resulta muy difícil decir que estamos envidiosos. Pero no sucede lo mismo con los celos, tal vez suelen ser un poco más admisibles. A la envidia la callamos porque nos resulta insoportable aceptarla y reconocer que no siempre queremos el bien del otro.
Asistimos a un tiempo donde la indignación es la pasión del momento porque es la envidia socialmente aceptada, o el equivalente social de la envidia. Pero con una diferencia, mientras que a la envidia la sentimos por el semejante, sin embargo la indignación es por el desigual, esta es un señalamiento importante que ubica Carlos Quiroga en su libro Cadáver insepulto, venganza y muerte (Kliné, 2007). Es por eso también que la indignación es una pasión asociada a la riqueza, al enriquecimiento ilícito o supuestamente inmerecido. No nos indignamos por el que viene de una familia aristocrática, la indignación es un afecto que está muy presente en la clase media y en el nuevo rico en particular, y apunta a lo aspiracional.
En esta misma línea Aristóteles en la Retórica menciona a la humillación que es otra pasión de nuestro tiempo, como el querer impedir los propósitos del otro sin beneficio para uno mismo, es más bien para que el otro no obtenga el beneficio. La envidia, la indignación, y la humillación, tienen una cercanía notable, y además por supuesto hay que pensarlas en relación a la mirada porque se trata de la suposición de la completud en el otro. Es la forma en que quedo capturado frente a esa satisfacción que le supongo al otro.
Hay un libro que suelo recomendar que se llama La opinión y la multitud (Urbanita, 2013) de Gabriel Tarde ―estamos hablando de 1901―. Mientras discute con Le Bon (mencionado por Freud en Psicología de las masas), él afirma que no se trata del siglo de las masas o de las grandes multitudes sino del público, es decir del lugar del espectador. La diferencia entre la masa y el público es que se produce un contagio psíquico pero sin contacto.Tarde se adelanta a nuestra época más de un siglo, incluso a las redes sociales, a las pantallas, etc. En esta misma orientación y contemporáneamente, Pedro Saborido en una entrevista reciente ubica que en la actualidad el conductor del programa de televisión ve que la indignación engancha y es efectiva, entonces actúa esa indignación y la fomenta, y se va indignando en vivo mientras está al aire en su programa. Al rato él está jugando al pádel de lo más tranquilo, pero el televidente queda prendido fuego.
Como decía entonces, envidia, indignación y humillación están en profunda relación respecto de la mirada, y agregaría que luego de la salida de la pandemia se produjo un viraje respecto de las llamadas pasiones tristes (el tedio, el aburrimiento, el cansancio), no porque no estén presentes aún hoy, pero creo que es notable en el último tiempo la presencia de una crueldad motorizada por estas tres pasiones, donde la salida al mundo exterior produjo lo más reaccionario y virulento, y que antes estaba más silenciado. Hace unos años venimos pensando y trabajando con colegas del Centro de Lecturas: Debate y Transmisión el tema de las pasiones que, como vemos, volvió a cobrar una actualidad notoria.
Pero yendo al terreno analítico, esta diferencia entre las pasiones tristes y las alegres se la puede pensar en relación a Freud con un recorrido que culmina en la teorización del superyó. Se trata de modos de la relación al resto, a lo segregado, a ese resto libidinal que motoriza el campo de las pasiones. Un primer nombre de ese problema más formalizado en su obra fue la llamada libido narcisista, y que posteriormente será el germen del superyó, y que conviene ubicar no como una tercera instancia (yo, ello y superyó) sino que el superyó es el núcleo del yo. Ese es el dato clínico interesante que a Freud no se le escapa.
Él comienza a nombrar a este resto libidinal que ubica en Introducción del narcisismo, que antes cobraba la forma de una cantidad inespecífica, y que hace al problema del lazo social, y en particular a la relación del interior con el exterior. Con el lacanismo se cancela este problema muy rápidamente con la palabra extimidad, que si bien se entiende (o tal vez la repetimos como loros y no entendemos qué quiere decir), no elimina esta dificultad.
Por ejemplo, a sus pacientes mujeres mientras se analizaban, Freud las incentivaba a las relaciones amorosas, mientras que a los varones les decía lo contrario, dado que suponía que el varón se distraía todo el tiempo con cualquier cosa durante el análisis (cosa aún hoy constatable). Esto se puede leer como un prejuicio freudiano de la época, o se puede pensar que ahí él veía una forma distinta de tratamiento de esta relación de objeto para varones y mujeres, formas distintas de tramitación de ese resto libidinal que posteriormente Lacan, siguiendo esta idea, ubicará en relación a la erotomanía y al fetichismo respectivamente.
Volviendo entonces a la pregunta respecto de la segregación hoy en día, y en lo que concierne al tratamiento psicoanalítico, lo que se viene nombrando hace un tiempo dentro del ámbito “psi” como caída de los ideales o degradación de lo simbólico, etc, diría que toca el desanudamiento de la relación entre el superyó y el ideal del yo. En la época de Freud y en parte en la de Lacan, el ideal alienaba y producía cierto deseo de realización, hoy el superyó por fuera del ideal produce una exigencia tal vez más feroz. Los jóvenes ahora no tienen tantos conflictos con las generaciones precedentes, con los padres (donde una manifestación típica de antaño sería el odio hacia ellos), pero en esa aparente autonomía quedan aún más encerrados consigo mismo, y en ese punto aparecen las pasiones tristes: el aburrimiento, el tedio, el cansancio. Por eso en esta época es tan difícil aprender una disciplina, porque implica también tener una relación con un maestro, con la antecedencia, que sigue siendo una vía muy importante de tramitación y modulación del narcisismo. Ese recorrido y el tiempo que implica incorporar una disciplina, en la que siempre somos un poco principiantes, también tienen algo cercano a la práctica psicoanalítica en la que también siempre somos un poco principiantes. Lamentablemente hoy dentro del lacanismo nos servimos de Lacan para pensar que Freud está superado, cuando en realidad descubrimos en la práctica que los yerros pensados y teorizados por Freud son para avisarnos que nos van a pasar una y mil veces. Este también es un problema que toca el tema de la impureza y la segregación dentro del lazo entre analistas.
En tu trayectoria en el discurso del psicoanálisis impulsaste junto a Juan Quiroga el movimiento Psicoanálisis en lengua castellana. ¿Cúal creés que es la diferencia entre un grupo y una institución? ¿Cuál creés que es el estado de las instituciones del psicoanálisis en la Argentinas?
Entiendo el movimiento de Psicoanálisis en Lengua Castellana (PLC) como la consecuencia de una serie de actividades durante varios años que apuntaron a interrogar el estado de la formación de los analistas en nuestro país. No sólo con Juan Quiroga, sino con varios colegas y compañeros tan queridos y necesarios con los que aún seguimos investigando la práctica del psicoanálisis en nuestra lengua, que no es la de Freud ni la de Lacan. En particular siempre me llamó la atención cómo los estudiantes de psicología están más interesados en aprender francés que alemán por ejemplo, siendo que esa es la lengua de Freud. Esto habla de un efecto de traducción muy fuerte a partir de Lacan: el psicoanálisis se volvió francés. Sin embargo también es cierto que hoy no tendríamos a Freud sin Lacan, pero no es menos cierto que el olvido y la represión de Freud es un efecto del lacanismo. Incluso para nuestra cultura el olvido y la represión de Oscar Masotta en la historia del psicoanálisis de orientación lacaniana.
En este sentido Psicoanálisis en Lengua Castellana además es una forma de tomar e intentar incorporar la relación con nuestra antecedencia: Germán García y Carlos Quiroga, entre otros. Pero esto que parece historia y que resultaría aburrido, sin embargo tiene un efecto concreto en nuestra práctica analítica: si estamos más preocupados por estudiar francés que alemán, más preocupado por aprender alguna de esas lenguas que en querer entender la estructura del castellano del Río de la Plata, ¿qué nos garantiza que no practicamos un psicoanálisis “cómo sí” con homofonías y resonancias que se asemejan más a la lengua francesa que a la nuestra? ¿No tendría un efecto para la tribuna? ¿Quién no ha presenciado un ateneo clínico con intervenciones e interpretaciones grandilocuentes? Nuestra lengua trabaja más por homonimias que por homofonías, y estos puntos tienen una incidencia directa en la formación analítica actual en las cuales continuamos investigando y pensando.
Respecto de la diferencia entre grupo e institución, hace algunos años entre los jóvenes, existía un estribillo que repetíamos: “para qué te vas a casar si lo que importaba era el amor en una pareja y con eso bastaba”: Pero no es así, el estado civil tiene incidencias muy fuertes sociales y simbólicas que nos determinan. La inscripción e incluso la figura legal tiene otro tipo de incidencia. Hace poco me percaté por ejemplo que entre el Grupo Lacaniano de Buenos Aires de 1970 (Masotta, Jinkis, Levin y Guerrero) y la firma del acta de fundación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires el 28 de Junio de 1974, solo se repite el nombre de Oscar Masotta, los demás no estaban. En el pasaje de un grupo a su institucionalización se fueron varios. Es decir a la hora de institucionalizarse pasan cosas.
En un grupo es claro, incluso desde el punto de vista de lo imaginario, que el que coordina tiene un lugar de saber superior, mientras que Lacan piensa una institución analítica (la Escuela) que altere los grados por antigüedad y jerarquías, para que la escuela (como decía Masotta) pase a ser de los que trabajan. En este sentido el pase es un dispositivo que entre otras cosas altera dicho lugar jerárquico de la antigüedad, aunque a veces en los testimonios de los dispositivos del pase se hable muy poco de la relación transferencial, y en particular de la neurosis de transferencia y de lo que se ha podido hacer con eso. Pero sería otro capítulo. Casi todos los dispositivos inventados por Lacan tocan dicho punto. Eso no es garantía suficiente sin embargo para que no se produzcan todo tipo de fricciones y fantasías igualmente dentro de una institución, y por supuesto que no todos los lugares institucionales son iguales.
A la vez en una institución hablamos entre analistas, no exclusivamente, pero se supone que el otro no es un alumno, por lo tanto lo que digo y lo que me pueden decir me compromete de otra forma. Es verdad que el analista se autoriza a sí mismo, pero esos otros tienen un grado de alteridad que resultan ser bastante sanos para el narcisismo y permite que no se infle tanto. Sin embargo, también hay que cuidarse de no quedar hablando sólo con los de la misma parroquia, y buscar de tanto en tanto la posibilidad de que aparezca el extranjero, uno o algunos que dicen las cosas de otro modo, con los que no nos conocemos tanto y que favorezca a cierta exogamia.
En este sentido recomiendo volver a leer Oscar Masotta y el análisis laico de Germán García que precede al libro El Modelo pulsional, dado que el problema de la formación analítica es el de la legitimidad. Allí García ubica la importancia de no confundir pertenencia con referencia y volviendo al problema de la lengua, si pienso que analizo en francés es porque siento que pertenezco a París, ahora si pienso que mi lengua es el castellano, no tengo problema en tener ciertos referentes, porque está clara mi pertenencia. Resguardar el análisis laico (o profano) es una función esencial: hoy creemos que al recibirnos de psicólogos ya somos analistas, y sino hacemos un posgrado y listo. Freud no confundía la formación analítica con las carreras de las cuales provenían sus discípulos, ni tampoco reclutaba sólo a médicos, y en la escuela de Lacan había personas que venían de diferentes quehaceres: resguardar la función del analista laico es otra forma de practicar y continuar interrogando el deseo del analista.
De regreso a la pregunta, sin embargo también es un problema el encierro institucional como mencioné, por eso hoy las instituciones de psicoanálisis se juntan, pero dentro de las que pertenecen al mismo campo, no hay encuentro entre campos (Campo Freudiano, Campo Lacaniano, los Foros, etc). Tal vez en algún momento también podamos decir algo sobre la crueldad entre analistas, porque la hay también.
Para cerrar sumaría la preocupación por los recambios generacionales en las instituciones que es todo un gran capítulo, pero que no es solo respecto de la vida institucional en sí, sino del lazo analítico también. Toca el punto del poder ser dejado (como analista) para poder dar paso a que ese otro tome otro lugar, y que ese otro lugar habilite a poder asumir un grado de participación distinto: “No es el hijo el que devora al padre, sino que el hijo evitando ser devorado por el padre, lo mata”, dice Carlos Quiroga.
Por último, es notable también cómo las instituciones analíticas han ido pegando un fuerte giro como parte de la salida del encierro en el que estaban hacia la cultura nuevamente. Algunas hasta incluso agregando las palabras Centro Cultural. Es evidente que la cultura hoy más que nunca volvió a ser un refugio y un punto de resistencia frente a los embates de la coyuntura política actual.
Agradezco al comité editorial de la revista Pulpo.

Santiago Javier Ragonesi Saldivia (Buenos Aires, 1980)
Practica el psicoanálisis. Es Lic. Psicología. Mgter. en Psicoanálisis. Miembro y actual director del Centro de Lecturas: Debate y Transmisión, institución declarada sitio de interés por el Senado de la Nación por su tarea de investigación y difusión del psicoanálisis y su relación a otras disciplinas como el arte, la filosofía, y la literatura. Docente de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Integrante del movimiento de Psicoanálisis en Lengua Castellana. Supervisor externo del CENTES N°1. Autor y co-autor de diversos libros y publicaciones en revistas, entre otros:
Hermanos: celos, culpa y trauma (Ed. Letra Viva).
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