Sobre Ese mundo ya no es nuestro,
de Pablo Colacrai

Pablo Colacrai (Noetinger, 1977) es un artesano del cuento. Un artesano noble y comprometido. De esos autores que saben que escribir es, entre otras cosas, la laboriosa tarea de dar con la palabra precisa. Que hay cosas que no pueden ser dichas de varios modos ni de cualquier modo y que profesan, a través de su estilo, la búsqueda permanente del ajuste entre forma y fondo, entre la palabra y la idea. Conoce el género y el oficio: sabe administrar la tensión, encontrar el conflicto, componer climas, armar una trama. Como ya mostró en los cuentos de La noche en plena tarde o en los de Nadie es tan fuerte —finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2018—, sabe adentrarse con maestría en territorios sensibles como el amor, el deseo, las inseguridades y fragilidades de los hombres, la maternidad y la paternidad. Detrás de la profunda humanidad de cada uno de sus personajes se percibe siempre una mirada aguda y una insistente reflexión sobre la naturaleza humana.
Ese mundo ya no es nuestro, editado por Modesto Rimba, no es la excepción. Está compuesto por tres cuentos largos en los que, de algún modo, persisten y se consolidan ciertos aspectos de los universos narrativos de Colacrai que ya habían asomado en sus libros anteriores —las historias simples, sin fuegos de artificio; los personajes profundamente humanos; el peso puesto en lo que dicen los silencios antes que en los despliegues ampulosos— pero que, al mismo tiempo, marcan un logrado giro formal y estético. Si muchos de los cuentos de sus libros anteriores abordaban la escena significativa, un momento clave que cifraba la vida de un personaje y daban cuenta de la temblorosa fragilidad de los vínculos humanos, ese instante en que ya nada vuelve a ser lo mismo aunque afuera, en la superficie de las cosas, todo parezca seguir discurriendo por los mismos carriles de siempre, los cuentos de Ese mundo ya no es nuestro nos traen a un Colacrai diferente, pero igual de notable.
Encontramos, ahora, una narrativa absolutamente consciente del ritmo propuesto. Es más pausada, fragmentada, reflexiva. Historias que contienen cajas chinas que se abren a otras pequeñas historias. Se permiten las cosas que al cuento de escena le sobran y acá, por el contrario, hacen al cuento, son la forma de estas historias. Mecanismos narrativos que rompen la linealidad cronológica para poder armarla a partir de las piezas intercaladas que le van dando forma, como en «Talón de Aquiles», donde pasado, presente y futuro son en simultáneo, en un ir y venir por la historia, como si el tiempo fuera algo que ocurre aleatoriamente; o que se abren a una especie de conciencia metaliteraria, donde el personaje puede reflexionar sobre su propia vida desde la técnica del cuento, como en «El centro del mar» o en «Los silencios», para que nos preguntemos con ellos qué significa escribir, cuáles son los abismos que se abren al hacerlo, por qué hay cosas sobre las que uno necesita y puede escribir, por qué hay otras que resultan tan inasibles, tan inabordables.
En «Talón de Aquiles» hay dos hombres que se encuentran cada noche a jugar al ajedrez y a beber. El ajedrez es la excusa. Se encuentran, acaso, para compartir el dolor; para que uno pueda contar su historia, para que el otro pueda desarticular de algún modo la sensación de soledad de una fractura que lo mantiene atrapado en una casa donde las relaciones —con su mujer, con sus hijos— parecen en proceso de disolución. La historia que cuenta uno de esos hombres tiene que ver con el amor, o con las certezas inalcanzables del amor; pero la historia también es sobre la paternidad, los desencuentros, las expectativas, el poder de las historias.
«El centro del mar», el segundo relato, nos traslada a la playa, a una pareja con hijo que empieza en un ambiente ideal —el chico barrenando las olas, la arena, el sol, la mujer todavía hermosa que se acerca a ellos dos— y que se rompe de inmediato con la mención del amante de la mujer.
«Años atrás, cuando él todavía escribía, hubiera pensado que eso (eso: que su mujer tenía un amante) era justamente lo que no había que decir. Debía estar sugerido en el cuento. Ser el centro de gravedad, el núcleo: la parte sumergida del iceberg. El estado de ánimo que deviene argumento».
Algo viene a correr el eje, a abrir una grieta en la superficie de las cosas, por donde algo parece empezar a escaparse, como un pequeño mundo perdido. Otro mundo perdido. Porque al mismo tiempo Facundo es un escritor que ya no escribe y no puede mirar las cosas sino a través de ese prisma. Es una historia, entonces, de amor y desencuentro, pero también sobre la frustración y lo que no tiene remedio. O acaso sí. Una historia que recuerda que, en ocasiones, la vida parece estar hecha con los borradores que vamos improvisando sobre la marcha, como en las versiones con las que Facundo se narra o se cuenta a sí mismo:
«Si esta historia la escribiera él, los personajes no cambiarían. Sus intentos serían vanos. Pasarían horas laxas, aburridas y en silencio. Al día siguiente volverían a su casa. En la ruta verían pasar los postes de luz, uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro. Grises, irreconocibles, monótonos. Después, todo seguiría igual hasta que, en unos meses, sin ninguna pelea de por medio, sin lágrimas, sin escenas melodramáticas, se separarían definitivamente. Y sería algo más que pasa en el universo. Algo insignificante y trascendental, como el nacimiento de una planta o la muerte de un pájaro».
El libro se cierra con «Los silencios» que, sin desmerecer en absoluto los cuentos previos, conforma el punto más alto del libro. Pero es acá donde este nuevo mecanismo narrativo encuentra su máxima expresión. El narrador es Leonardo Espósito, una figura que crece poco a poco en el libro (es una mención al pasar en el primer cuento; un papel anecdótico en el segundo, hasta alcanzar finalmente el lugar de narrador en el tercero) y que viene, ahora, a contar una historia que es, al mismo tiempo, la historia y su imposibilidad de ser contada. La historia de un chico —el chico que Espósito fue— que emprende un último viaje con su padre, un vendedor que va de pueblo en pueblo, y vuelve con algo sobre lo que durante mucho tiempo querrá escribir sin saber cómo.
Como en los cuentos previos, hay mundos propios que son ajenos; se adentra otra vez en las relaciones de padres e hijos, en las cosas que no se dicen, en la reflexión sobre la historia que se está contando y sus formas, en lo más perturbador de la intimidad, en lo más profundo de eso que nos hace humanos:
«Hay un cuento de Bradbury que me gusta mucho. Calidoscopio, se llama. Es un clásico. El argumento es muy simple: una nave espacial explota en el espacio y los astronautas son expulsados al vacío. Se alejan lenta, inevitablemente. Por sus radios, hablan entre ellos. Cada tanto un meteorito le corta a alguno una pierna o un brazo. Cuando uno se queda en silencio, los otros lo suponen muerto y siguen conversando. Así esperan la muerte. Juntos. Separándose.
Esa es la imagen que tengo de mi relación con papá. Desde que nací nos fuimos distanciando lenta, inevitablemente.
Cuando tenía diez años nuestros mundos ya casi no se tocaban. Después vino el viaje. Y después se murió. Sobre eso quiero escribir.»
Se trata, en suma, de tres cuentos que muestran algo nuevo y en los que persisten, también, las mejores cosas de sus libros previos. Con mano maestra, Pablo Colacrai encuentra el tempo justo para entrar, sin apuros, en las conversaciones mansas que se van desenvolviendo entre noches de whisky y ajedrez; en los miedos de la paternidad; en las incertidumbres del amor; en los pequeños gestos, en las distancias que se abren entre dos que no se entienden y se alejan. En esas pequeñas constelaciones que toman forma en el universo implacable de lo íntimo. Como los grandes cuentistas de siempre —como el gran cuentista que es— sabe crear, para el lector que se asome al libro, ese espacio de encuentro, ese lugar secreto, de plena intimidad, donde tiene lugar la revelación casi sagrada que regala la buena literatura.

Javier Núñez (Rosario, 1976)
Es escritor y coordinador de talleres literarios. Publicó los libros de cuentos La risa de los pájaros en el 2009, Praga de noche, año 2012, La feroz belleza del mundo, 2019, y Cuando todo se rompe, 2020; las novelas Después del fuego, 2017, y La música de las cosas perdidas, año 2022; y otras obras narrativas como Tríptico en 2013, Postales de un mapa imposible, 2021 y El pulso secreto de las cosas en el 2022. Con su novela La doble ausencia obtuvo en 2012 el Premio Latinoamericano a Primera Novela “Sergio Galindo”, otorgado por la Universidad Veracruzana de México. Hija de nadie ganó en 2022 el premio Casa de las Américas de Novela en La Habana, Cuba. Algunos de sus libros fueron publicados en Italia, México, Uruguay y Estados Unidos.
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