
Después del episodio de la casa de la calle Ugarte, en la ciudad de Lobos, el menor de los Zárate pasó a ser noticia una vez más. Nunca pudo desenredarse de la sospecha.
La historia venía de mucho tiempo antes. Los Zárate se ocupaban del almacén y de despachar bebidas. Sara y Santino, los padres de los tres varones, hacían lo que podían para atajar a su hijo más chico. Los vecinos decían que el menor no había sido deseado como los otros. Era una marca que lo convertía en rebelde.
A los cinco años comenzó a fugarse. Se escabullía por las mesas del almacén para alcanzar la calle. Corría por la vereda hasta llegar a la plaza. Se quedaba horas sentado bajo el sol, tirado en el césped, boca arriba, moviendo los labios como si rezara. Eso le pasaba porque no tenía cariño. Esa madre que nunca le dio la teta con ganas.
Todos hablaban de Wilson y de su vida en la plaza. El peligro de las tabernas no es el alcohol que se vende. En esos lugares se habla demasiado. Muchas palabras no son buenas para ocupar la boca. Le inventaron otro padre, uno verdadero decían. Un varón con fuerza que una noche de tormenta la preñó a la madre, en el pasillo en donde apilaban las botellas. Santino callaba. Sabía que cuando se acercaba a mesas se clavaba el silencio; pero estaba diestro en descifrar el murmullo.
La verdad se parece a un bulto en la espalda. Todos ven la hinchazón, todos lo señalan menos el que lo lleva a cuestas. Así es que Wilson, el pequeño, el menor de los Zárate crecía como un estorbo. Se escapaba para encontrar familia. Era arisco. A los cuatro años, había mordido la mano de su madre, para arrancarle el pedazo de pan que le negaba. Ella se limpió la sangre con el repasador de cocina y lo encerró en el baño, después de dejarle el culo rojo de tanto cinto. Todos hablaron de esa noche. Santino había atendido las mesas callado. El vino corría tan rápido como la velocidad de las lenguas que no encontraban lugar en las bocas.
Wilson se hizo duro. El sol de la plaza le curtió la piel. Le creó una corteza que burlaba el cinturón de su madre. Nito su hermano más grande muchas veces peleaba con él por un plato de comida. La ley de los Zárate favorecía a los grandes y a los que obedecían. Anselmo, seguía a Nito, en edad y en rechazo. Santino nunca desautorizó la violencia de su mujer. O porque prefería que ella fuera la que actuara o porque desconfiaba del desborde de sus manos gruesas. De todas maneras, no le disgustaba ser cómplice. Tomaba de más para soñar despierto.
Nadie quiere demasiado a los hermanos cuando son de otro padre. Decían en la cantina. Cada trago confirmaba las causas, ajustaba el entramado de los escrúpulos y hacía crecer al pequeño Wilson como un malparido sin remedio.
Afirmaban que lo habían visto una noche de tormenta escapar bajo los truenos. El mal se asocia a la naturaleza. Los relámpagos cubren a los hijos que no tienen familia a la que agarrarse. Por eso huía. Prefería los rayos a la familia. Se criaba en la intemperie. Todos hablaban demasiado.
Wilson a los siete años se había convertido en un espectáculo. Todos lo veían en la calle, envuelto en unas bolsas de arpillera. Inventaban esquinas para imaginarlo a la caza de algún vecino. El miedo acumula razones. Lo habían visto con un cuchillo. Nadie encaraba a los padres. Los Zárate suponían cómo circulaba la culpa. Disimulaban con el silencio, con el dar vuelta la cara, con ese sufrir que los hacía fuertes. Como el sol que daba en la piel de Wilson todos los días.
Nito y Anselmo lo defendían. Atacar a Wilson los ofendía como grupo. No les gustaba la idea de que su hermano, porque después de todo había un lazo, impuro, pero lazo igual, que los acordonaba para combatir tanto rumor de ese afuera quizás más peligroso que su propio hermano. Por eso, a pesar de que ellos se escondían, tapándose los oídos de los gritos y de los cintazos a Wilson, en su habitación, se hacían fuertes, criándose como un muro que los resguardaba del exterior.
No sabían si los relámpagos en la noche eran peores que los cuentos de los vecinos. Nunca habían tenido la necesidad de preguntarse en qué parte de la nuca soplaba el aliento de los verdaderos demonios.
En esa vida fraterna lo interno provocaba en algunas cenas que Nito y Anselmo hicieran la vista gorda cuando Wilson se guardaba entre sus brazos el plato más lleno de guiso o un pedazo de pan. Sucedía pocas veces. Nunca era exceso. La bondad para los Zárate se parecía a un catecismo acotado a algunos renglones de oración borrados por el desuso.
Wilson de tanta plaza, de tanta noche creció como una maleza, un yuyo en el cordón que espera la zapa. Llegó a los diez años como pudo. Su madre había dejado el cinto. Había creado en la esquina del comedor una repisa con la foto del Gauchito Gil, rodeada de un cordón rojo. La lámina se la había dado una vecina que todavía creía en la conversión de los espíritus con destino entrecruzado.
La madre de Wilson lloraba de rodillas frente a la lámina. Sara, cansada de pedir la sanación de su hijo menor, le rogó que, de una vez por todas, se lo llevara con él. Le mostró las manos con callos de tanto castigo. Vio que la imagen le sonreía. Eso la alentó a continuar con la súplica. Una pelea en el almacén. Ella conocía quién le podía hacer el favor de pegarle una paliza hasta dejarlo sin vida. Después que lo dijo se asustó.
La muerte de su hijo en manos de un adulto nunca se vería como pelea. Pensó en Wilson encerrado en esa caja de madera, cubierto con un tul con manchas de humedad. Seguro de que abriría los ojos de tanto en tanto para señalarlos. Hasta muerto no iría a dejarlos en paz. Pasarían los vecinos, como siempre, confirmando el crimen. Hablarían entre ellos. Se imaginó a ella misma llorando sólo para tapar el murmullo. No. El delito iba a sacudir más sospechas. Les irían a marcar la casa. Una vivienda habitada por el mismo Satanás.
Después un rato largo, de mucho miedo por pensar lo peor, le pareció que el Gauchito había movido un dedo. Entendió que la figura desaprobaba el crimen y que el mal había rodeado la casa de la calle Ugarte. Fue la primera vez en años que sintió miedo. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Un salpullido rojizo le cubrió el brazo. Se rascó con ganas hasta sacarse sangre.
Por la espalda le salió otro cosquilleo. Sin hacer ruido entró al baño. Se desnudó. Ya era tarde. Las dos piernas se le habían enrojecido. El Gauchito estaba de parte de Wilson y la castigaba. Se sintió marcada. El mal de su hijo se extendía por toda la casa. Muchas veces el cuerpo es portador de la miseria ajena. No miró la lámina que ya se estaba desprendiendo de la pared. No quiso que el Gauchito la señalara.
Se acostó como pudo. Tuvo convulsiones. Sus piernas se movían sin control. Santino todavía no había vuelto del almacén. Los hijos con capacidad para ayudarla dormían. Wilson no debía estar en su cuarto. Además, estaba convencida de que él, de alguna manera, se había asociado a la maldición.
No correría en batón a la calle. Alentaría el rumor de que ya no podía detener la repulsa de todos. Esa injuria que tenía el origen en el mismo Wilson. Se quedó en cuchillas frente a la imagen sin velas del Gauchito. Pidió un perdón con lágrimas en los ojos. El mismo desconsuelo que tenía cuando no podía darle la teta a Wilson.
Tuvo que aceptar que había engendrado un monstruo que se le fugaba de las manos. Despertó a Nito y a Anselmo, los hijos que le quedaban sanos. Los sacó de la habitación sin decirles nada. Ellos entendían. No peguntaban.
Madre e hijos debieron pensar que las soluciones no se eligen. Apenas se manotean entre escasas posibilidades. Ella les indicó la calle. Ellos se marcharon en silencio con la cabeza baja y a medio vestir.
No vieron aquello que su madre hacía. La alcanzaron a ver hasta que ella desapareció entre las llamas. Se quedaron lejos de la casa que se desmoronaba. La madre había encontrado una solución a tanto mal. Wilson se acercó al grupo. Muy pocas veces se los veía juntos en la calle.
Al día siguiente, se habló del destino, y del fuego que parecía enderezar todos los desvíos.

Guillermo Fernández (Buenos Aires, 1951)
Es Profesor de Lengua, de Literatura y de Latín. Ejerció la docencia en los niveles medio, terciario y universitario. Publicó los libros Sólo razones (cuentos, 2005); las novelas Nadie muere en un bello día (Del Dragón, 2010); El cielo de Lucy (2012); Polonio espía detrás del cortinado (2016); El recurso de la noche (2020). Estas últimas en la Colección Novela Viva de la Editorial Letra Viva. En el año 2018 publica Demonios en Jeppener (Editores Argentinos, 2018). Es miembro de Centro de Lecturas: Debate y Transmisión.
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