La Higuera, por Emiliana Fiori


Todavía me pierdo cuando salgo a caminar por mi nuevo barrio. Es una gracia que la cuarentena aletargó. Los teléfonos inteligentes y GPS nos han privado definitivamente de la posibilidad de no saber a ciencia exacta a cuántas cuadras estamos de casa.

En la infancia me era fácil perderme. La casa de mis padres podía convertirse en un laberinto en el cual pasaba horas extraviada en mi propia imaginación. El patio trasero era un submundo. Y al fondo, lindando con el campo abierto, La Higuera era el sitio propicio para deshacerme de toda coordenada espacio-temporal.

La Higuera, no es solo el nombre de un árbol al que hace honor. Con tal mote designábamos, junto con mis hermanos y amigos, el espacio delineado por un conjunto de plantas que por su disposición formaban una especie de gran cueva vegetativa.

Su entrada estaba signada por un viejo roble antiguo, cuyo tronco oficiaba de fuste y su copa, que se volcaba hacia un lado dibujando un gran arco, representaba la puerta de ingreso, siempre abierta. Hacia el este, entre el alambre de púas y el campo sembrado de maíz, soja o trigo, según las épocas del año, se levantaba una espesa muralla de libustrines de unos cuatro o cinco metros de largo, y metro y medio de ancho; que funcionaba como zona fronteriza. Ese espacio técnicamente no pertenecía a mi casa, pero tampoco lo reconocíamos como propiedad del agropecuario, dado que al no estar sembrado, deducíamos ya con nuestra pequeña mentalidad productivista, que a su dueño no le interesaba en absoluto. Por exótica y acéfala, era la parte de La Higuera donde nos sentíamos más excitadamente huérfanos errantes.

Hacia el norte, se erigían un tejido revestido de enredaderas y lianas que señalaba la línea medianera con la casa de María Elena. Y desde allí,  se alineaban de forma más o menos regular una surtida especie de árboles entre los que se encontraban zarzas, moras silvestres, ombúes, paraísos, un cafeto y más libustrines; dibujando un semicírculo que recubría el lado oeste hasta reunirse, por el sur, con la copa del roble.

Toda esta disposición paisajística daba como resultante un espacio cerrado, mas o menos circular, cuyo radio resultaba materialmente demarcado, ahora sí, por lo que otrora hubo sido esa enorme planta de frutos carnosos color liláceos que daba nombre al sitio, y que, ya por entonces, no siendo más que un enorme tronco seco, oficiaba de base sólida sobre la que montábamos todos nuestros fracasados proyectos de “casitas del árbol”.

Finalmente, por la comba suroeste, se hallaba ese pequeñito montículo de tierra con un bananero en el centro, rodeado por una canaleta cavada a pala por mi padre, en la cual en verano desaguaba la pileta, al que nosotros denominábamos “la isla”. Por ese canal de no más de medio metro de ancho debían poder navegar las balsas que en las noches, después de alguna pelea familiar, yo diseñaba a escondidas sobre un cuaderno Rivadavia, con firmes planes de fugarme del hogar.

La Higuera fue el refugio siempre abierto a todos mis amigos, la sede de nuestras reuniones secretas, el escenario donde representamos por primera vez los roles de adultos, la cuna de los primeros amores. Allí adentro, éramos capaces de perdernos de todo, incluso de nosotros mismos. El tiempo y el espacio del mundo simbólico se diluían en ese verde discurrir de las horas sin reloj, que solo encontraban su fin con la puesta del sol o el llamado de mi abuela a comer.

Por eso me gusta andar perdida, porque es una manera de encontrarme con la niña que fui y con esos que fueron los amigos sin rumbo de la infancia.


Emiliana Fiori (San Jerónimo Sur, 1984)

Actualmente reside en Rosario. Es Psicóloga (UNR). Integrante del Grupo Savoy. Miembro del Centro de lecturas: debate y transmisión. Forma parte del equipo de coordinacion del Grupo de trabajo «El método freudiano». Participa en el torneo de tenis Interclubes, en la 5ta categoría, representando al C.A.F.