
PONEMOS INTRO
Desde hace más de veinte años habitás el ambiente del psicoanálisis viniendo de la medicina, específicamente la pediatría. Nos gustaría saber ¿cómo llegaste a él y cómo influyó en tu práctica?
¿Qué querés ser cuando seas grande? Es una pregunta que con frecuencia hacemos los adultos a los niños. En mi caso, ante la pregunta hecha por los mayores, manifesté desde muy temprana edad, mi afinidad a trabajar con niños, y mi respuesta era que iba a ser «doctora de niños o maestra». Me recibí de médica y ejercí siempre la pediatría, sin embargo y volviendo la vista hacia atrás, mi atracción por el discurso del psicoanálisis surgió muy tempranamente también.
A la edad de 15 años, ayudaba con las tareas escolares a una niña de 9-10 años que presentaba algunas dificultades en el aprendizaje y desarrollo en general, lo que en la actualidad estaría encasillado por el DSM V como “trastorno generalizado del desarrollo”. Se estableció un vínculo afectivo (¿transferencial?) entre ambas. Yo buscaba recursos para despertar su interés. La niña tenía dificultad en la comprensión y el pensamiento abstracto. Elaboré para ella un reloj de cartulina con las agujas móviles (le habían regalado un reloj pero no sabía leer la hora). En unos días, si bien no captaba el concepto de tiempo, aprendió a decir qué hora era. Recordando esto a la distancia, creo que dicha actividad fue el primer desempeño como acompañante terapéutico que realicé a tan temprana edad.
Ya recibida, y trabajando siempre con familias y niños/as, llamaba mi atención los vínculos interpersonales, me interesaba por las historias familiares, las emociones, los sufrimientos más allá de los devenidos por la enfermedad orgánica que presentaban los niños que atendía.
Simultáneamente al comienzo de mi análisis con Carlos Quiroga, llegó a mis manos el libro “Psicoanálisis de los cuentos de hadas” de Bruno Bettelheim. Recuerdo cómo el tiempo se pasaba en un suspiro en la sala de espera de su consultorio enfrascada en la lectura de ese libro. Luego Carlos supo encaminar ese deseo latente en mí, y fue entonces cuando comencé de lleno este camino en el discurso del psicoanálisis en el que me encuentro hace ya más de dos décadas.
Puedo decir que desde esos momentos, mi práctica profesional como médica cambió drásticamente. Comenzó a ser inevitable para mí hacer una lectura más allá del síntoma orgánico que el paciente presentaba o sus padres me comentaban. La indicación del antibiótico o antialérgico llegaba en los primeros minutos de la consulta, y el resto, era destinado a conversar, a preguntar, en la espera de que surja la verdadera causa del malestar, el origen real del síntoma, lo cual no tardaba en ocurrir.
La pediatría es una especialidad que muchos médicos rehúsan practicar; trabajar con el infans, aquel que no cuenta con el lenguaje, que no habla, teniendo que interpretar a través de los signos que ofrece su cuerpo, o leer en ellos sus dolencias, es un trabajo arduo y difícil. Lo mismo ocurre en el discurso del psicoanálisis. Menciono acá a aquellas pioneras del psicoanálisis con niños, como Melanie Klein y Francoise Doltó, quienes se dedicaron a trabajar con ellos, enfrentando las dificultades como otros en su tiempo no querían hacerlo. Encontré en Francoise Doltó una figura que me conmovió, fue mi fuente de inspiración e identificación en lo profesional. Siempre admiré la minuciosidad en la descripción de los casos, el detenimiento en los detalles cotidianos, la sutileza de las interpretaciones, uniendo pediatría y psicoanálisis como yo intento hacer.
El discurso médico y neurocientífico se impone en nuestra época. No resulta fácil enfrentarse a él, mucho menos en mi condición de médica. Rememoro con esto la práctica de Freud, sus Conferencias dirigidas a colegas que de antemano sabía que escucharían con recelo y desconfianza su teoría y sus argumentos.
Es posible combinar en la práctica el discurso médico y el del psicoanálisis? Personalmente puedo decir que mis conocimientos médicos contribuyen mucho a dilucidar el origen orgánico de una dolencia, o por el contrario detectar un síntoma corporal sin base orgánica. En este extenso recorrido de mi práctica profesional y por la experiencia adquirida, la frase de cabecera que me guía es: “la infancia transcurre siempre con síntomas”, y esos síntomas en los niños siempre son en el cuerpo. Es un enorme desafío entonces distinguir aquellos síntomas a estudiar y tratar con medicamentos, y aquellos otros cuyo origen está en el armado de la subjetividad y de los vínculos del niño, en el atravesamiento de los complejos infantiles estructurantes, lo cual será determinante a futuro en relación al lazo con otros, a la elección de la identidad sexual, al logro de la autonomía, en definitiva a la realización de sus deseos. Puedo decir que en los primeros está siempre el reflejo de lo psíquico. Hoy en día, digo también que me siento más psicoanalista que pediatra. No obstante esto, considero que llevar el discurso del psicoanálisis a mi consultorio pediátrico, a mis pacientes, y también a colegas, me permite saldar mi deuda con el mismo, y continuar manteniendo vivo el deseo de su creador, Sigmund Freud.
Actualmente tanto pediatras como psicoanalistas, y todo profesional que trabaje con niños/as, asistimos a la aparición de cambios llamativos e importantes en las constituciones familiares, y sobre todo en la modalidad de subjetivación de niños y niñas. Esto tiene como consecuencia la aparición de nuevos fenómenos y presentaciones clínicas que constituyen grandes desafíos a la hora de abordarlos.
Son muy pocos los psicoanalistas que se preguntaron sobre lo que es un bebé. Winnicott es uno de ellos, y afirma que nunca se trata de un bebé a secas, sino de un bebé y su ambiente. Queríamos saber qué pensas de esto y, con toda tu experiencia, qué concepción tenes de lo que es un bebé.
Se trata en este caso de una pregunta de difícil respuesta, por lo cual confieso que empecé a pensar en ésta antes que en la anterior. La concepción de ¿qué es un bebé? varía según el discurso desde el que se aborde la misma. Si respondiera como pediatra, y con enfoque en lo biológico, diría que se trata de la etapa de la vida del ser humano desde el nacimiento hasta el año de edad, en una perspectiva de tiempo cronológica, en la que también lo llamamos “lactante” por ser la leche su principal alimento. Distinto es tomar el concepto desde el psicoanálisis. Coincido con Winnicott en la apreciación de que no existe un bebé si no es en el contexto de su entorno, en relación a quienes lo rodean, lo cuidan. Considero que cuando llamamos “bebé” a un recién nacido por ejemplo, ya lo estamos invistiendo simbólicamente con esa palabra, estamos donando lenguaje a un ser humano quien en soledad, no podría sobrevivir. Podemos entonces distinguir entre las palabras “bebé” como un ser humano en los primeros tiempos de vida, con necesidades biológicas y en una dependencia absoluta con quienes lo rodean, y la palabra “infans”, de más profundidad, que describe a un sujeto que, estando ya inmerso en el lenguaje, dado que el mismo antecede al nacimiento del sujeto, aún no habla. Su condición es la de ser hablado por otros, recibir significaciones, palabras y deseos que lo preceden, pero que aún no se ha apropiado de ese lenguaje ofrecido, y en el que la edad cronológica no es tenida en cuenta, sino que se trata de un concepto regido por tiempos lógicos.
Pensar qué es un bebé implica ir más allá de su condición biológica, yo pienso al bebé y a la época de la infancia, como una etapa en construcción. Desde una perspectiva freudiana, en el inicio de la vida, el bebé tiene no sólo necesidades fisiológicas, sino que percibe estímulos externos e internos, lo cual le genera sensaciones placenteras y displacenteras, pero también se vincula con el entorno, y son quienes lo rodean quienes dan significado a sus necesidades permitiendo satisfacerlas, y generar el estado de bienestar a través de un entramado de cuidados, palabras y afectos. Así, el bebé se presenta como un sujeto en formación, cuya existencia se construye en relación con otros y con las primeras experiencias que dejan huellas duraderas y cruciales. Lacan aporta que el bebé está inmerso desde el inicio en el lenguaje y en el deseo del Otro. Aun antes de hablar, es hablado, nombrado y significado, y en ese entramado simbólico se constituye como sujeto.
Así como Winnicott enfatiza que el bebé no puede pensarse aislado, sino siempre en relación con un ambiente facilitador, menciona la presencia y necesidad de una “madre suficientemente buena”; remarco esto porque es importante diferenciar con el concepto de “madre absolutamente buena”, la primera permite dejar un resto de malestar o insatisfacción que será el origen del deseo propio de ese sujeto en la búsqueda incesante de la satisfacción.
No puedo dejar de mencionar nuevamente a quien fue para mí un modelo identificatorio: Francoise Doltó. Ella introduce fuertemente la idea de que el bebé es una persona desde el nacimiento, con capacidad de comprender y de ser afectado por la palabra. Su propuesta es reconocerlo como sujeto, dirigirse a él con la verdad y considerar su vida psíquica desde muy temprano.
Queda expuesta entonces una coincidencia en los pensamientos de los autores que mencioné y en la mía propia, de considerar al bebé como un sujeto en construcción, dependiendo para la misma profundamente de los vínculos, el lenguaje y las experiencias tempranas con el entorno. En conclusión, no hay bebé sin otro/os.
Con respecto a todo lo anterior, es importante a los efectos de las presentaciones clínicas actuales, pensar que es necesario abandonar la condición de “bebé” para aprender a hablar, dependiendo esto de operaciones que hoy en día están retrasadas en el tiempo, siendo una problemática que constituye una consulta muy frecuente en la actualidad.
Claudia Muente, CABA, abril 2026

Claudia Muente (Buenos Aires)
Creció en Buenos Aires, Capital Federal. Su ejercicio profesional fue mayormente en el partido de Ezeiza. Es Pediatra, madre, abuela, psicoanalista, miembro del Centro de Lecturas: Debate y Transmisión y Socia vitalicia de la Sociedad Argentina de Pediatría. Autora de los libros: «Infancia y cuentos de hadas» (en coautoría con Santiago Ragonesi, Ed. Letra Viva, año 2014), y «Pediatría Fácil, nuevas respuestas a las preguntas de siempre» (Ed. Algoritmo – año 2023). Participó en la escritura de capítulos de distintos libros: Acompañamiento Terapéutico, clínica y abordaje – Testimonios de la Transferencia, Posteos de Freud y Lacan (UNLZ). Publicó varios artículos en la revista Archivos Argentinos de Pediatría. Redes sociales (Instagram, Facebook): #soyabuelaypediatra
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