Destinados al fracaso o el fracaso del destino, por Julia Mariani


Todo, entre los mortales,
tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. 
Entre los inmortales, en cambio, 
cada acto es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, 
sin principio visible, 
o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. 
No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. 
Nada puede ocurrir una sola vez, 
nada es preciosamente precario. 
(Borges, 1998) 

Cuando Freud toca el problema del destino, trabaja también el de la determinación inconsciente y su relación con la repetición. En el capítulo III de Más allá del principio del placer estos problemas toman un lugar con respecto a una articulación fundamental para el método freudiano, la relación entre el destino y la repetición. 

 El punto de partida es una de las novedades del texto de Freud: el hecho de que la compulsión de repetición reproduce sucesos del pasado que no traen consigo la posibilidad de placer, y que cuando tuvieron lugar no constituyeron una satisfacción. Tampoco fueron sentimientos pulsionales reprimidos. Es decir, no sufrieron el tratamiento de la represión. 

Seguido a esto, Freud presenta aquel momento de la vida sexual infantil en donde los primeros deseos –a consecuencia de la incompatibilidad de los mismos con la realidad– sucumben entre las más dolorosas sensaciones. Freud está tratando de dar cuenta de cómo estas dolorosas sensaciones que se repiten, parecen ser los restos de la decepción de los primeros deseos de la vida sexual infantil.  

Masotta en Edipo, Castración y Perversión (2019) aporta algo de luz al problema. Se detiene en la relación entre el niño y la madre. Dice que el punto de partida es esa célula narcisista que hace a la ecuación: narcisismo = madre fálica. Por lo que al comienzo se trata de la convergencia de dos deseos. La cual es preciso que exista en tanto mítica, sino estaríamos en el campo de lo siniestro, es decir el aplastamiento de un deseo por otro. La cuestión es que ese arrancarse no es puro, razón por la que Masotta nombra a dicha operación como desgarron. Si se desgarra no se separa completamente, por lo que quedan restos de un lugar en el que nunca se estuvo. 

  El destino del sujeto como ser sexuado dependerá de su capacidad de arrancarse de ese lugar, por lo que todo reside en los avatares de esa célula: “La historia del destino de la célula es la historia de la emergencia del deseo” (p.201). 

Las experiencias que señala Freud como displacenteras y que toman el camino de la repetición, también podrían tener el nombre de esos restos que señala Masotta.  

Una de las formas de nombrar a la repetición es, “habrá habido esa vez”. De esta manera la repetición queda articulada a una temporalidad que se sostiene de ese punto mítico, y en este sentido es un intento constante de reencuentro, pero fallido, en el punto en que ese tiempo anterior nunca estuvo, o en otras palabras, está vacío.

Freud en Más allá del principio del placer dice que son todas esas situaciones dolorosas y sucesos indeseados los que son repetidos por los neuróticos en la transferencia. Pero también lo que los neuróticos nos muestran en los fenómenos de la transferencia puede hallarse en la vida de personas no neuróticas, haciendo las veces de un destino que las persigue, de una influencia demoníaca que rige su vida. El psicoanálisis ha considerado a tal destino como autoinducido por la persona misma y determinado por tempranas influencias infantiles. La insistencia que en estos casos se presenta, no se diferencia de la repetición de los neuróticos, aunque tales personas no hayan ofrecido nunca señales de un conflicto neurótico. 

Freud le atribuye al destino cierto lugar en las personas no neuróticas. Este se presenta como algo que excede la voluntad de la persona, como si fuera oracular, como si ya estaría escrito, y, sería una influencia demoníaca que arrastra y rige sus vidas. Pero acá hay una paradoja, porque además lo presenta como preparado por la persona misma. Entonces parece tratarse de dos determinaciones, el destino como forma oracular, y por otro lado aquello autoinducido, determinado por tempranas influencias infantiles. 

Si seguimos las huellas de Freud hasta acá, lo encontramos persiguiendo el porvenir de estas mociones displacenteras primeras que no sufrieron el tratamiento de la represión y que parecen haber tomado el camino de la repetición. Avanza en su investigación, hasta que se topa con una bifurcación: dos caras de la repetición. 

La repetición en neuróticos, que hasta acá, se escenifica en transferencia; y en no neuróticos, donde pone al destino.

Lo que es llamativo es la forma en que Freud pone a la repetición que toma la forma del destino, del lado de los no neuróticos, como aquellos que estarían por fuera de las posibilidades de enfermar. Se sabe que a esta altura de su obra su interés reside en avanzar en el problema de la repetición neurótica, que hasta ahí sólo explicaba a partir de Recordar, repetir, reelaborar (1914) como aquello que se actúa en la escena transferencial. Aun así, parece que el problema del destino insiste y es el que lleva a Freud a trabajar la repetición en su relación con lo accidental y con la determinación inconsciente. De la misma forma en que el hallazgo de la compulsión a la repetición, lo lleva a necesitar de la hipótesis de la pulsión de muerte. 

Masotta (2018) en el Modelo pulsional dice que lo que está en juego en 1920 para Freud es poder explicar la tendencia del sujeto al sufrimiento, la persistencia en el fracaso, el rechazo del éxito, el gusto por la decepción, entre otras cosas, la insistencia de la repetición en lo displacentero. Ahora bien, ¿no es en estos fenómenos que describe Masotta donde la repetición puede confundirse con el destino?

Este engaño parece estar tratando de pescar Freud, ya que la experiencia le demuestra que es en la repetición donde se juntan la tendencia del aparato a repetir y los accidentes de la realidad. Esta conjunción es la que puede rápidamente tomar el nombre de destino.  

Si se interroga esta distinción freudiana entre no neuróticos y neuróticos, los primeros son nombrados de esta forma, no porque estén a salvo de enfermar, si no porque son esas personas que sufren de destino, lo que Mariano Bello suele nombrar como neurosis de destino. Los neuróticos, en cambio, serían aquellos que cuentan con un conflicto en el que pueda darse a leer la repetición, sirviéndose de señuelos que la desvíen de su dirección determinada. 

De cualquiera de las dos formas, no hay chances de no sufrir, pero sí hay dos formas de tratar con la repetición: neurosis de transferencia, o neurosis de destino. 

En Recordar, repetir, reelaborar, Freud hace mención a un momento necesario en donde los síntomas se agravan como efecto de la neurosis de transferencia: “Si esta nueva relación con la enfermedad agudiza algunos conflictos, y hace pasar a primera línea síntomas hasta entonces poco precisos, podemos consolar fácilmente al enfermo observando que se trata de agravaciones necesarias, pero pasajeras, y que, en definitiva, no es posible vencer a un enemigo que se mantiene ausente o no está suficientemente próximo” (Freud, 2017, p.1686). 

Se vuelve una necesidad del método que esos conflictos y síntomas pasen al frente en la transferencia. Ahora bien, ¿cómo se da a leer la repetición?

Freud no se supera a sí mismo a medida que avanza su obra, el error está en leerlo de esa forma, ya que para elucidar este problema es necesario que la repetición como es presentada en Más allá del principio del placer (1920) entre en conversación con aquella que postula años antes en Recordar, repetir, reelaborar (1914). Estas dos versiones de la repetición no se contradicen, todo lo contrario, se solidarizan entre sí. Lo que no implica confundir repetición con transferencia, ni reducir la repetición al retorno de los signos, si no pescar de qué forma se da a leer la repetición en un análisis. La repetición no es lo mismo que lo que se repite. Si el síntoma es lo que retorna de lo reprimido, la repetición es lo que no cesa de no inscribirse, en tanto los restos que se repiten no tuvieron el tratamiento de la represión. 

Ahora bien, el método es el que hace que la repetición sirva para algo, no se da a leer si no se sirve de lo que retorna como señuelo, es el método que la pone a trabajar cuando la somete a una lectura. De lo contrario toma una dirección velada, la del destino. El destino es uno de los nombres de la repetición, es lo que se vive pasivamente, alguien se ve arrastrado por algo, una influencia demoníaca que los persigue. No por quedar silenciada abandona su camino, conduce en silencio hacia una dirección. Esa dirección es el círculo de la pulsión de muerte, y si seguimos a Masotta es la dirección que tiende a volver a ese lugar mítico de donde todo partió, la célula narcisista entre niño y madre fálica, donde se va al lugar de ser el falo de la madre. Ser el falo, como decía Carlos Quiroga, solo puede traducirse en la locura o la muerte. 

Los no neuróticos encarnan estos problemas cuando confunden la repetición con el destino de una vida. El destino aparece como el único horizonte posible para esa repetición que no se da a leer, por eso Freud los llama no neuróticos, no porque estén a salvo de enfermar, sino porque se defienden de la miseria neurótica con el destino. Desconocen su condición de responsables en el desorden, hoy el destino puede tener el nombre de los astros o el antepasado que inició la tragedia hace treinta generaciones atrás según las constelaciones familiares. 

Freud interroga al destino con su hallazgo que es la repetición. Porque es cuando el acto se junta con el destino, cuando lo pulsional se junta con lo accidental, donde se repite y se toca el origen; se vuelve para atrás. Y acá es donde esa dimensión destinal, si no tiene señuelos, es imposible de parar. 

En cambio, cuando se juntan la repetición y la neurosis de transferencia se vuelven solidarias, y con la creación de una nueva enfermedad tocan un punto de indeterminación, que es operativo, que está más allá de la determinación inconsciente, algo que insiste y queda sin recubrir. 

¿Cómo tocar algo de eso si no es por la neurosis de transferencia? Tal como dice Freud en Análisis terminable e interminable, el análisis produce un estado que nunca tiene lugar en el yo espontáneamente y es ese estado creado de nuevo el que constituye la diferencia esencial entre una persona que ha sido psicoanalizada y otra que no lo ha sido. 

Un análisis por esta vía, puede entonces tocar lo azaroso, como también lo destinal, instaurando el tiempo de la transferencia ahí donde se junta la inercia de la repetición y los accidentes de la realidad. En otras palabras, una forma de hacer fracasar al destino. 


Julia Mariani (1998, Rosario)

Creció en San Lorenzo. Actualmente vive en Rosario, donde practica el psicoanálisis. Es fotógrafa y Psicóloga (UNR). Forma parte del Grupo Savoy. Es adscripta en la cátedra “Clínica I” de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario.