Flor diente de león, por Muriel Palmieri


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Ana María Sánchez andaba siempre en una bicicleta vieja y ruidosa, con su bolsa de pan colgando del manubrio. Tenía canas, piel curtida y una expresión lúgubre. Todos en el pueblo la saludaban, pero nadie conversaba con ella.

Un martes de enero, al atardecer, iba en su cascacho de dos ruedas medio desinfladas, camino al cementerio. La seguía su perro, el Nichi. No le hacía falta correr para alcanzarla.

El ripio todavía olía a lluvia del día anterior. Las piedras rasqueteaban la tierra cuando Ana se abría paso, y el Nichi toreó al ladear la protectora de animales, llena de perros lastimados, medio muertos. En cambio, Ana no les prestó atención. Cada tanto andaba con alguno que la seguía, siempre bien tratados y comidos, pero ninguno tan fiel como el Nichi, al que no le gustaba mucho que hubiera otros.

Despacio andaban los dos, hasta que el sol desapareció del otro lado de los campos de maíz. Los cuisitos y las perdices se escondían al escucharlos pasar, cantaban los grillos y los bichos de luz iluminaban a la única persona que se atrevía a andar por ahí a esas horas.

Ana se acercó a la puerta del cementerio, que tenía arriba una cruz gigante con un ángel a cada lado. Dejó la bicicleta apoyada en el muro. Ella sabía que estaría cerrado a esa hora, pero había calculado que su cuerpo iba a pasar sin problemas entre los barrotes de la reja. Y estaba en lo cierto. Cuando ya estaba del otro lado, Nichi ladró, como preguntándole qué estaba haciendo. Saltó nervioso en el lugar, y al ver que Ana no le llevaba el apunte, cruzó entre los hierros y la empezó a seguir.

Pasaron junto a los panteones, donde estaban los apellidos de las familias adineradas del pueblo, casi todos tanos que se habían convertido en chacareros. Ana nunca iba a estar en uno de esos. A la derecha estaban los nichos individuales, bajo techo, con fotos, placas conmemorativas, flores, y hasta dibujos de los nietos. Se notaba que a esos los querían, y que eran bastante religiosos. También había nichos que no recibían visitas. Parecía que eran varios los que no tenían descendencia, y seguían juntando tierra. Ana se detuvo frente a una de las tumbas.

Recordó la tarde de invierno en que buscaba a uno de sus perros, era un galgo sin una pata. Supuso que se había ido para el camino Pata de palo, que estaba cerca de su casa. En la recorrida, ya cerca del arroyo que atravesaba el camino, todavía no habían visto rastros del galgo, y el Nichi salió disparado hacia la orilla, se detuvo junto al agua, olfateando algo en el suelo. Ana apuró el paso para ver que había. Se frenó en seco cuando vio que era un hombre boca arriba. Después de unos segundos avanzó, y cuando se dio cuenta de quien era gritó, ¡Rolando! No hubo respuesta. Cuando vio la cara tiesa sintió asco y se quedó paralizada.

Ahora era verano. Ni una foto, ni una flor, solo la placa y la tierra.

Ana se prendió un cigarrillo, arrugaba el entrecejo con cada pitada, mientras miraba fijo el mármol. El Nichi iba y venía custodiando la zona, con las orejas paradas y en silencio. Ana tiró el pucho, y se dio cuenta de que las lágrimas le habían mojado la pera. Arrancó una de las flores de diente de león que estaban sobre la tierra, la apoyó sobre la placa, y leyó:

Rolando Apostafio
1965-2013
Q.E.P.D.
Murió ahogado. Será recordado por sus amigos”


Muriel Ornela Palmieri (Chabás, 1990)

Creció en Chabás. Vive en Rosario, donde se graduó en la carrera de Psicología de la UNR. Practica el psicoanálisis. Actualmente cursa la Maestría en clínica psicoanalítica con niñas y niños. Integra el grupo Savoy. Asiste al taller de escritura Alma Maritano.