Lapsus expresivos, por Mara Admella


                                          «El arte muchas veces se anticipa al descubrimiento de la ciencia»
                                                                                                                                              Alberto Rojo.

Lapsus Expresivos: El desliz pictorico como revelacion del inconsciente

¿Qué es una tela en blanco sino una fuente de estímulos? La idea de la tela en blanco es, en primer lugar, una invitación al hacer. Un hacer que muchas veces paraliza, se tiñe de cierta desolación, perturbación o cierto empuje a tomar la paleta de colores y darle forma a aquello que comienza a salir desde el interior de cada quien. Es por eso, que la tela en blanco nunca es un afuera, es más bien un afuera teñido de la intimidad del creador. Un punto de tensión entre el ojo y la mano, donde nunca coincide lo que se busca y lo que se encuentra. Es quizás, en esa tensión donde algo del orden de la posibilidad se presenta. Podemos decir, en este sentido, que un cuadro es lo que puede ser.

La potencia en ese enunciado radica principalmente a mi entender, en que en ese mar de estímulos, donde reina en primer instancia el caos, es que la materia va guiando un sentir en sincronía con lo que hace. En esta instancia nada está ni bien ni mal, la mano va y mientras anda y se desplaza es que la cosa va tomando forma. No es el pensamiento el que guía, sino el estimulo mismo. Es una entrega a ese instante. No se busca, se encuentra y sobre eso que se encuentra habrá que tomar una decisión. Muchas veces y la decisión más difícil es aceptar que un cuadro está terminado, aunque sepamos que un cuadro nunca se termina, sino que se abandona.

Una vez que se da por finalizada una obra surge cierto impacto, surge cierta tensión respecto de lo que se ve y lo que se mira.  Entiendo que el ver no convoca necesariamente a la mirada. La observación, si bien tiene su soporte en el ojo como función, se despega de ese lugar, más bien como una función simbólica.

Entonces, en cuanto a la obra de arte, contamos, por un lado, con la mirada del artista y el por otro, con la del espectador, que por ley, no coinciden y quizás, allí radica su misterio. Misterio en cuanto a que muchas veces el creador no sabe que es lo que ha creado ni la resonancia, emoción, o nada… que puede generar en otro. Del mismo modo se puede decir que ni siquiera él sabrá lo que le generara, incluso su propia obra. En este punto es importante recordar Las Meninas, de Velázquez donde el tropiezo del cuadro es el espejo al fondo: refleja al rey y la reina, es decir, al espectador, pero desde un lugar fuera del lienzo. Ese punto ciego no se corrige, se expone. Es decir, el cuadro nos captura desde aquello que no estaba pensado: nuestro propio lugar como objeto de la mirada.

Hay algo en relación al instante en donde el desliz estético se vuelve forma, en esta sucesión de accidentes como motor creativo es que se produce el acto revelador. El lapsus más allá de ser una falla, es lo que respira.  No se busca ocultar aquello que pareciera ser un error, sino que ese accidente pictórico se revela como verdad, se vuelve fragmento, lenguaje.

La obra pictórica constituye una invitación a la mirada, continuar luego con la contemplación, a detenerse frente al recorte que tenemos delante nuestro. En otras palabras, hay una pausa entre la mirada y la entrega que aguarda que la emoción suceda para que la emoción estimule a que la obra de arte pueda apreciarse.

Hay gestos que no se piensan, trazos que no obedecen, materia que desborda. En esta entrega denominamos al accidente como motor creativo, al tropiezo ocular como acto revelador. No se busca corregir sino que se recibe. No se busca ocultar, sino exponer. Lo imprevisto se vuelve lenguaje y el fragmento, verdad.

En esta perspectiva, lejos de cualquier noción de perfección, las piezas se construyen desde lo quebrado, lo orgánico, lo que escapa a la lógica; no hay forma cerrada ni mensaje fijo, solo huellas que emergen desde lo profundo, desde lo inconsciente. El arte, en este sentido no busca controlarse: se suelta, y en esa soltura encuentra su fuerza. La obra no busca decirlo todo, sino que su riqueza esta en relación a mostrar la huella, aquella huella que emerge y que no se puede nombrar.

Mi agradecimiento a Maite Corona, compañera del taller de Helena Distefano, con quien hemos compartido la aventura de exponer juntas y ser espacio de resonancia entre nosotras. Gracias a Helena Distefano, mi maestra en este hacer.


Mara Admella (Murphy, Santa Fe)

Psicóloga , egresada de la UNR. Actualmente reside en CABA. Miembro de Centro de Lecturas : debate y transmisión. Psicóloga en el CDNNyA. Practicante del psicoanálisis desde 2015 en consultorio privado y en instituciones públicas y privadas. Participa del taller de pintura de Helena Distéfano.