Fragmento del libro Astucias de la pulsión, por Guadalupe Marando


—Me siento muy feliz de que estés aquí.
Alissa se endereza. Su mirada regresa.
Con lentitud.
—Destruir, dice.
Él le sonríe.
Marguerite Duras, Destruir, dice

Vivir es desplegar esa escritura que va del pensamiento, que sucede entre percepción y conciencia, a la acción; esa escritura que deja huellas en el aparato psíquico y surcos en lo real; que tiende a das Ding, que tiende a poner fin al universo de la demanda, que tiende a la muerte, pero retrasándola. Para decirlo con Más allá del principio del placer, vivir es complicarse la muerte. Demorar el reencuentro con la Cosa. La pulsión de muerte y la pulsión de vida son conservadoras porque buscan restablecer un estado anterior a la perturbación de la existencia; pero la pulsión de vida es la pulsión de muerte con tiempo y su barullo es el de la fricción, el del grafito gastándose y desintegrándose contra las superficies trazadas. Algo se rompe siempre cuando algo pasa. Encadenamos representaciones, nos enlazamos a los otros y construimos con la fuerza de la destrucción; el modelo, como dice Lacan, no es la arquitectura –que es la presentificación del dolor en la medida en que hace del reino de la piedra algo detenido porque no la deja rodar más. Pero sí tal vez la escritura, en el sentido en que la entiende Marguerite Duras:

Escribir. No puedo . Nadie puede. Hay que decirlo: no se puede. Y se escribe. Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada . […] La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez. Es lo desconocido de sí, de la cabeza, del cuerpo. Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a la persona, paralelamente a ella, de otra persona, que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida. Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena. Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos –solo lo sabemos después– antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos.

El modelo es, entonces, la escritura ensayística, una escritura no sin riesgos que en la puesta a prueba de representaciones y en el rodeo por los otros y en la experiencia del mundo puede dar, después de todo, y no sin displaceres y destrucciones parciales, con alguna eufonía . Pero no la eufonía de una música como la entiende Hegel –un arte espiritualizado en el que ya no queda ningún resto de materia–, sino, de nuevo, como la entiende Duras: la música que viene del bosque “machacando árboles y pulverizando tapias”. Destruir, dice termina con esta frase de Alissa: “hay música en el nombre de Stein” . Es la música de la piedra que se echa a rodar, del grafito que no cesa de escribir, en su encuentro con algún nombre más o menos justo.


Guadalupe Marando (1979, Buenos Aires)

Es Doctora en Letras, psicoanalista y miembro del Centro de Lecturas: Debate y Transmisión, cuya Comisión Directiva integra actualmente. Forma parte del equido de coordinación de El Método freudiano y colabora, también, en el Grupo Savoy de Rosario. Tradujo ensayos, cuentos y novelas del inglés y del francés. Copi fue lo que más le gustó traducir. Autora de Astucias de la pulsión (Ed. Letra Viva).