El corazón y El Reino. Ensayo sobre una lectura, por Guadalupe Marando


En la biblioteca del consultorio hay un libro amarillo. Lo veo desde hace más de un año. Alcanzo a leer el título y a deducir, por color, que es de la colección narrativa de Anagrama. Me pregunto cómo vino a parar acá, una biblioteca secundaria de libros desprendidos de la principal. Para qué lo subieron a esta pequeña arca de Noé integrada por un ejemplar de cada pueblo. Qué hace al lado de Marx. Por qué fue elegido.

Durante más de un año el libro se anticipa en el anaquel cuando entro al consultorio. Me mira mientras atiendo. ¿Será el color? Mis hijas tienen un juego que consiste en pegarle a la otra -o al que tengan más a mano, muchas veces soy yo- cada vez que detectan un auto amarillo en la calle, al grito de “¡auto amarillo!”. Estoy harta de decirles que un día voy a chocar del susto. No me creen, quizás porque ya choqué sin eso. Así fulgura el libro en su estante, como la sorpresa de un golpe.

Pero no, no es el color. Es el título. El Reino. No sé por qué no me quiero meter ahí. Varias veces, entre paciente y paciente, saco el ejemplar, miro la tapa donde se ve una reproducción de “Los cuatro evangelistas” -pero todavía no averiguo que la pintura se llama así- y leo la contratapa a las apuradas. Nunca me queda nada. Como si me impermeabilizara cada vez que lo toco. Entonces lo devuelvo y elijo aliviada cualquier otra cosa: la poesía de Beckett, que está en esta biblioteca, o la de Juan L., que está en la otra.

Un día, un amigo postea una cita del libro. Es la historia del hombre que se queja de su cruz y que, puesto a elegir por el ángel entre las cruces de todos los hombres del mundo, elige la que cree poder cargar sin darse cuenta de que es la misma, la suya. No sé qué me llega primero: el título del dichoso libro amarillo al final de la cita, el elogio de su autor, Emmanuel Carrère, en un comentario, o la historia misma, que conozco desde la infancia, del curso de catecismo para la primera comunión y de las clases de catequesis de la escuela católica.

Primero me defiendo de lo que sugiere esa historia, me digo que es conformista, que es la versión cristiana -profunda, grave, superyoica- del “si sucede, conviene” posmoderno y eufórico en la derrota. Pero en el fondo sé que es algo que no me puedo sacar de encima así de fácil. Y no tanto porque la historia, bien mirada, enseña algo que también enseña el psicoanálisis -que uno no es un ser de excepción y que, por eso, le caben todas las que estén en su mazo-, sino porque lo que me querría sacar de encima lo llevo en otra parte, adentro. Entonces pido prestado el libro.

Lo leo en dos semanas. No puedo separarme del Emmanuel Carrère que habla en El reino, uno que ya no cree en la resurrección de Jesús y que, sin embargo, respeta al que una vez creyó. Que escribe para honrar la intriga y la fascinación por ese que ya no es. Que escribe para pisar, tras perder la fe, un suelo distinto de la nostalgia y la superación; para sostenerse, a fuerza de escritura, en ese lugar imposible. Para no olvidar que no creer no es saber más y que saber más no es una Aufhebung.

¿Es eso lo que me interpela de El reino?, ¿lo bien que el autor define una posición y unos afectos en torno a la fe perdida con los que logro identificarme?, ¿la belleza de una descripción que ahora podré sacar a relucir cada vez que piense en mi propia fe extinguida hace más de veinte años? Puede ser. Es lindo encontrarse en las mejores palabras de otro. Pero no es solamente eso. Aunque nunca podría haberlo dicho como Carrère, los afectos que describe no me resultan ajenos; aunque más nebulosos, los tengo, dentro de todo, a mano.

Como tengo a mano los saldos de las cuentas que ya ajusté con varios asuntos de mis años religiosos. Sé, más o menos, cuánto aportó la doctrina cristiana a una neurosis infantil insaciable, originaria, que tiró todo lo que pudo de la cuerda floja del catolicismo light que apenas se alentaba en casa para hacer estragos. ¿Le hubiera dado lo mismo cualquier argumento?

Sé, también, que ese argumento arraigó a una profundidad insondable, y que la planta, descuidada hace rato, sigue siendo el pasto preferido de mi superyó. Sé, también, lo que mis inquietudes políticas insatisfechas durante mi adolescencia en los noventa le deben a la experiencia comunitaria y solidaria que por fin encontré en el activismo católico.

Todo eso está más o menos disponible en mi preconciente antes de leer El reino. Pero, leyendo El reino, me acuerdo de algo más.

Y es que una de mis primeras lecturas, me refiero a esas lecturas que te atrapan, te marcan, te tienen ahí queriendo seguir, fue la de la Biblia para los niños. Dos ejemplares de tapa dura de Edilafe, ilustrados, y con todos los hits del Antiguo -que me fascinaba- y del Nuevo Testamento. Los dibujos eran geniales: no careteaban ni un poco la borrachera de Noé, ni la angustia de Abraham, ni la furia de Moisés ni la desgracia de Job. Tampoco aportaban demasiado a la exégesis del texto: eran su redundancia en colores. Me dan ganas de recuperar esa edición y la busco en Mercado Libre. Pero ya no queda.

Entonces tengo otro arrebato y me compro, en cambio, una Biblia. No es que en casa no haya. Pero quiero una linda, nueva. Como dice Freud, es muy difícil renunciar a una satisfacción y ya estoy en Mercado Libre dispuesta a gastar. Elijo una Latinoamericana de bolsillo, un poquito más cara que las otras porque trae tapas duras blancas y doradas, y uñero. Es un objeto hermoso y desde que llega a casa lo paseo de acá para allá. Mi marido y mis hijas se burlan: “¿para qué te compraste si ya teníamos?”, “mamá anda rezando con la Biblia”… Me reprocho como un defecto en la formación de mis hijas que piensen que la Biblia es para rezar. Sí, es cierto que en la Biblia hay oraciones y que las oraciones más populares la citan. Pero una Biblia, ante todo, es para leer.

Mientras termino El reino, encaro el Génesis con un razonamiento pueril. Me digo: leí el Antiguo Testamento cuando era chica; en catequesis y en mi paso por misas y retiros -donde preferíamos el Nuevo- refresqué los dos o tres episodios más famosos, pero nada de todo lo demás; si lo reviso quizás descubra, en los detalles olvidados, el origen de alguna deriva actual de mi neurosis o de mi carácter.

Por ejemplo: de la historia de la esposa de Lot, esa mujer a quien Dios convierte en estatua de sal por desobedecer la prohibición de “mirar atrás” en la huida de la destrucción de Sodoma y Gomorra, ¿se me habrá pasado algo importante? De ese relato perturbador que me obsesionaba, ¿habré conservado algo más que las advertencias evidentes sobre la magia petrificadora de la nostalgia o los peligros de una pulsión escópica demasiado angurrienta -las mismas que, más tarde, reconocí en el mito de Orfeo, que también mira atrás y vuelve a perder a Eurídice, y en “Don’t look back in anger” de Oasis? No, tampoco es por ahí. Lo que en mi relectura incipiente de la Biblia desbloquea un acceso no es un detalle de la trama. Porque no está en el contenido. Está en la forma.

Paso la vista por el texto dividido en versículos. Y la memoria entonces sí me devuelve algo que no es una idea, es una acción: la de interpretar. Me veo de chica queriendo entender las frases enigmáticas de la Biblia para los niños; resolviendo por escrito la consigna de sonsacarle el mensaje a una parábola; agotándome en la lucha entre mi vergüenza y mi amor propio de pequeña hermeneuta antes de animarme a responder, en público, la pregunta lanzada por el cura o el fraile o el coordinador de turno después de una lectura: “de esto, ¿qué les llama la atención?”

Y entonces, en lugar de la etiología de lo que me hunde, descubro en la Biblia el origen del deporte que todavía me salva: la interpretación y el comentario, punto de partida y de llegada de todas mis lecturas, o al menos de las que valen la pena. Y lo descubro en su forma: si la Biblia se presta a interpretación es porque su texto es versiculable, y si su texto es versiculable es porque el estilo bíblico acumula acciones principales sin preocuparse por esos rellenos que podrían ser las descripciones, las circunstancias y los nexos. Que es lo que la interpretación tiene que reponer. Este ejercicio tiene sus ventajas: no me incomodan los textos que no entiendo; pero también sus desventajas: a veces versiculo -me ensaño con el sentido de las partecitas- ahí cuando no conviene versicular. Pero sobre todo tiene una condición: que haya comunidad para compartir lo entendido.

El hallazgo me reconforta, sí, pero no es todo. Sospecho algo más en la inquietud que me pega a la novela de Carrère. Hay algo que me emociona en la manera en que va tras los pasos del evangelista Lucas, en la reconstrucción de su biografía, en la deducción de sus motivaciones íntimas a partir de la acumulación de fuentes, del análisis de los Hechos de los Apóstoles y del estudio comparado de los evangelios. ¿Qué le busca Carrère a Lucas detrás de las palabras? ¿Una humanidad a la medida del hombre le busca? Parece que le buscara la carne.

Claro que no la encuentra, y por eso la tiene que suponer, es decir, inventar. “El Lucas que imagino […] es un personaje de ficción”, dice Carrère, y a su Lucas no sólo le atribuye intenciones y autorías incomprobables, sino también una ética -la ausencia de radicalidad, la validación del argumento del adversario- y un estilo -el gusto por lo concreto que lleva a privilegiar, en el relato, a los hombres más que a las ideas- que podríamos llamar “carrèrianos”; es decir: lo convierte en su precursor. Lucas, dice Carrère, se fija al comienzo de su evangelio un programa de historiador, pero a la línea siguiente escribe una novela. Igual que Carrère, que, buscando, no tiene más remedio que crear. A imagen y semejanza.

Ahí está. Es ese fracaso de la recuperación de lo anterior a las palabras el que me tiene así, leyendo El reino como una sonámbula, comprando cosas que ya tengo en Mercado Libre, buscando ediciones destartaladas de la Biblia infantil. Que ya no quedan.

“Ya no quedan”. Una paciente de Freud sueña que un carnicero le responde con esta frase. Freud se da cuenta de que procede de él, que es suya, que hace poco le explicó a esta mujer que de las experiencias infantiles “ya no queda” nada en la memoria del adulto, que son reemplazadas por sueños y transferencias. ¿Y yo qué quise con la compra de la Biblia, sino recobrar la carne anterior al choque de La Palabra? Y todo para concluir lo que ya sabía: que eso está perdido, que de eso sólo puedo hablar -inventar- con esta voz prestada, que al final en el principio era el Verbo.

Intercambio unos mensajes con el amigo del posteo. Es un amigo al que a veces le digo cosas con las que me analizo. En medio del agradecimiento por la recomendación indirecta del libro, le suelto que “es muy difícil sacarse de encima cómo habló Jesús”. Y entonces veo que ese, y no otro, es el núcleo de la experiencia de haber leído El Reino, el corazón velado por las compras en la web, la demora en el Antiguo Testamento y los ecos de lectura -algunos banales, otros serios, pero en cualquier caso periféricos- que entrego, con menos resistencia, en los párrafos anteriores.

Es eso: que es más fácil dejar de creer que dejar de amar. Porque ¿cómo no amar, aunque ya no se crea, a uno que habló así, con la novedad de esa exigencia de amor radical, imposible y loca?, ¿a alguien que con ese lujo de palabra hizo diferencia a favor de los rotos, los tristes, los pobres y los enfermos?, ¿al que prometió el Reino, y traiciona la promesa cada día, pero cada tanto la honra, en este mundo, en esta vida, entregándote el Reino en la cara de una niña que vuelve a reír?


Guadalupe Marando (1979, Buenos Aires)

Es Doctora en Letras, psicoanalista y miembro del Centro de Lecturas: Debate y Transmisión, cuya Comisión Directiva integra actualmente. Forma parte del equido de coordinación de El Método freudiano y colabora, también, en el Grupo Savoy de Rosario. Tradujo ensayos, cuentos y novelas del inglés y del francés. Copi fue lo que más le gustó traducir.